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El Madrid de los años cincuenta…Tercer escenario: El Café “Universal”

Félix Arbolí [colaboraciones].-

Cuando entré por primera vez en el ya desaparecido Café “Universal” de la Puerta del Sol, me llevé una grata sorpresa. No me esperaba que al fondo de esa pequeña barra de la entrada, donde consumían los que iban de paso y con ciertas prisas, se hallara un enorme salón, con numerosas mesas de mármol, como todos los de entonces, sofás en color rojo y sillas de madera.

Al fondo, y esto es lo que más llamó mi atención, una pequeña tarima, con piano, silla y “micro” con peana. El local estaba siempre atestado, o como dicen ahora, petado. Su situación en el lugar más emblemático y visitado de Madrid, lo hacían escenario de un numeroso y heterogéneo público. Todos revueltos, sin apenas espacio donde poder moverse con facilidad.

Entre la concurrencia y en aquellas fechas, aún era fácil distinguir a los que viajaban con la boina y la maleta de cartón, como en las películas de Berlanga y Pepe Isbert, para visitar a un familiar, vender algo o buscarse la vida en la gran ciudad, sin tener que soportar el “gorrineo” y el  cacareo habitual durante su trabajo, en la parcela, masía o cortijo del “zeñorito”. Eran los llamados “Isidros” por los que tenían y tienen a este santo como Patrón.

En ese apretado espacio podía pasarse toda la mañana entretenido y divertido con solo observar a cuantos le rodeaban. Parejas que “hacían manitas”, entonces la única licencia permitida a los enamorados; reuniones de jubilados, ocupando las mesas más cercanas a la tarima; charlas de negocios y encuentros imprevistos.  Todo un mundo de posibilidades que su estratégica y céntrica situación le ofrecían.        

El turismo era todavía desconocido, pues ni siquiera figurábamos en el contexto internacional como país propicio a la visita y el nacional parco de bolsillo, boina o gorra como máximo, era el único que se advertía por Sol y sus calles colindantes.

SUSPENSO

Una de mis primeras sorpresas fue encontrarme en una de las mesas junto a una joven, al auxiliar de cátedra de una asignatura que acababan de suspenderme en la Facultad de Derecho de Sevilla.

Se notaban muy compenetrados y él ponía cara de bobalicón cuando la miraba, muy distinta a la de mala leche y avinagrado que exhibía cuando nos vigilaba durante el examen.

Estábamos en mesas contiguas. Me  presenté y le dije lo que me había ocurrido. No sé si por darse importancia ante la novia, pero me prometió que en septiembre cambiaría mi suerte. Hasta tomó nota del nombre y la asignatura. Tras una breve y amena conversación, me despedí y le aboné sus consumiciones.

Cuando llegaron los fatídicos exámenes, de nada sirvió  nuestra charla e invitación.  Me volvieron a suspender. Ni aún siquiera se acercó a saludarme, no sé si por olvido, despiste o qué otra causa. Luego hice el traslado de la matricula a Madrid y me olvidé de los sevillanos y sus exigencias.

RELACIÓN INCONFESABLE

Otro día y a partir de entonces en fechas frecuentes, centré mi atención en un cura castrense, los llamados Capellanes, que siempre iba acompañado de una joven, bastante atractiva por cierto. Ocupaban una mesa arrinconada. El era mayor, aunque ella tampoco llamara ya a la madre. La primera vez no les hice mucho caso. Podrían ser tío y sobrina, amigos de la familia o cualquier otra relación sin matices escabrosos para la época.

Luego, al verlos más veces y siempre a los dos juntos, fui prestándoles más atención y me di perfecta cuenta de que entre ambos había algo más que una simple relación entre pastor y feligresa o charla catecúmena. El uso de sotana, entonces obligatoria, hizo que llamara mi atención esa extraña pareja.

Hoy no hubiera sucedido ya que si nos encontramos con nuestro párroco por la calle, no sabemos si va de sacramentos, paseo, verbena, ligue o copichuela. Con extremado disimulo, advertía los intentos de la pareja para “hacer manitas” o algún  gesto cariñoso. Siempre con gran discreción.

Fiel a mi norma, ocupaba mi mesa, sacaba mi bloc y con el bolígrafo en ristre, tomaba nota de todo cuanto me rodeaba. ¿Dónde habrán ido a parar tantos temas y divagaciones escritas?  En ocasiones, por falta de espacio libre, compartía la mesa con alguno que me lo solicitaba. Unas veces hablábamos y otras, nos dedicábamos a nuestros propios asuntos.

LOS COMIENZOS DE OLGA RAMOS

En este local, poco propicio a la escritura debido al constante trasiego de clientes, las actuaciones musicales y el interés que me despertaban sus personajes tan variopintos, pasé poco tiempo. Me hallaba indeciso aún sobre el camino a seguir para poder realizar esos sueños que me habían impulsado a dejar familia y comodidades y venirme a un desconocido Madrid donde todos iban con prisas y pocas ganas de perder el tiempo en hacer amigos.

Tuve tentaciones de arrojar la toalla. Fueron tiempos duros que nadie me obligaba a soportar, a excepción de mi  tremenda vocación literaria. Dudaba que llegara a ver algo publicado con mi firma. 

Olga Ramos, que se convertiría en la cupletista más famosa y castiza de Madrid, era la encargada de ocupar la tarima. Acompañada al piano por una señora algo mayor, muy delgada y con gafas, nos deleitaba durante no más de media hora con sus chotis y otros cuplés salidos del caletre de su “Cipri”•, marido y compositor de gran parte de su repertorio. Eran sus comienzos o al menos, hasta entonces no había oído hablar nada sobre ella.

No pude imaginarme que esa extraña y no muy joven cantante iba a alcanzar la fama y el éxito pocos años después  y llegaría a convertirse en icono del más puro casticismo madrileño. Tenía una voz muy singular, un meneo con mucho garbo y un vestuario de auténtica chulapona, con mantón y abanico incluidos que acompañaban sus pasos y canciones con gracia y desparpajo. Fue sin duda la más gentil embajadora de la Villa del Oso y el Madroño, que ella supo desempeñar con maestría y orgullo.

Tuve el privilegio de haber conocido en sus inicios artísticos a esta mujer que de la tarima de un antiguo café con mesas de mármol, sin necesidad de acudir a extraños y ocultos subterfugios llegó a iluminar con su gracia, arte e inconfundible estilo los más importantes escenarios. Hasta obtuvo el privilegio de dar su nombre a una calle madrileña.

Creo recordar que en algunas de  sus primeras actuaciones la acompañaba y presentada su inolvidable y querido “Cipri”. He querido mi tercer capítulo de esta serie sea un sencillo y emotivo homenaje a esta gran artista que tan buenos momentos y gratas veladas mañaneras me hizo pasar en mis primeros años madrileños.

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